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Portada del número 30
·Balnearios

 

El sonido del agua

David Quintana

El agua es el origen de la vida. Los árabes supieron apreciar sus potenciales y aproximarla a sus espacios urbanos.

El agua es sin duda el gran protagonista de todo balneario, del estilo o del tamaño que sea. Aporta vida, frescor y relax, apaciguando los sentidos. Las cualidades sanadoras del agua son múltiples: desde las tranquilas aguas reflectoras de un pacífico estanque que invita a la contemplación, hasta la vivacidad de los potentes chorros a presión saliendo de una terma de montaña.

Los árabes imaginaron el paraíso como un jardín regado por cuatro ríos, modelo que implantaron tras la conquista de la Península, como prototipo del jardín hispanoárabe. Su característica consiste en el uso del agua, en estanques rectangulares de poco profundidad, alimentados por estrechos canales y fuentes a ras de suelo. El agua era un bien de lujo para estos habitantes del desierto, que no servía únicamente para hacer crecer las plantas, sino también para crear un oasis fresco bajo el sol del sur, donde la dimensión sonora del constante fluir del agua era un aspecto muy apreciado. Un remanso de paz, tranquilidad, que invita a la relajación física y espiritual. Una vuelta al interior de uno mismo alejándose del estruendo de guerras y peleas de la vida cotidiana.

Estas propiedades quizá las deba el agua a ser el principio de la vida, hace millones de años. Quizá a que los seres humanos nos devuelve la conciencia de ese espacio eterno pero al que no se puede retornar que es el útero materno, acogedor, protector, tranquilizador.

Sea como fuere los árabes -la cultura del agua- supieron captar y aprovechar esas propiedades del agua y encontrar la armonía en la vida rodeándose de ella, y de su apacible sonido.

 

 

 

 

 

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